por Carmela Denis

La reciente lista de películas favoritas de Rosalía en Filmin deja algo claro: más de la mitad pertenecen al cine europeo. Y no parece casualidad. Más bien, abre una puerta interesante para repensar qué significa hoy el cine europeo… y cómo dialoga con fenómenos culturales masivos como su espectáculo LUX.
Durante años, el cine europeo se ha asociado a historias íntimas, ritmos pausados y una mirada autoral alejada del espectáculo de Hollywood. Películas como La peor persona del mundo o Ida encajan perfectamente en esa idea: relatos introspectivos, centrados en la identidad y la emoción.
Pero esa definición se ha quedado algo corta. El cine europeo también es mezcla, circulación global y conexión con el público. Coproducciones, estrategias internacionales y propuestas que combinan lo artístico con lo impactante forman parte del panorama actual. Ahí entran títulos como Climax, que demuestran que el cine europeo también puede ser provocador, visual y pensado para generar conversación.
En este ecosistema, plataformas como Filmin juegan un papel clave. Más que competir directamente con gigantes como Netflix, funcionan como espacios de curaduría cultural, acercando este tipo de cine a nuevos públicos y sacándolo del circuito más limitado de festivales.
Y es justo en este cruce entre lo europeo y lo global donde aparece Rosalía.
Desde sus inicios, la artista ha construido su identidad a partir de referencias culturales muy diversas: música, pintura, cine, tradición y vanguardia. LUX no es una excepción, sino quizá su propuesta más ambiciosa en ese sentido.
El espectáculo, dividido en cuatro actos, funciona casi como una reinterpretación visual del imaginario europeo:
En el primer acto, Rosalía aparece como una bailarina que remite tanto a El lago de los cisnes como a las pinturas de Degas, evocando disciplina, pureza y cierta espiritualidad.
El segundo acto da un giro hacia lo oscuro: la figura demoníaca conecta con referencias como El aquelarre y con ese cine europeo más provocador y simbólico.
En el tercero, la artista se convierte en imagen: aparecen ecos de obras como La Mona Lisa o La joven de la perla, jugando con la idea del icono reproducible.
Finalmente, el cuarto acto, inspirado en Las Meninas, introduce una reflexión sobre la mirada, el control y la representación, cerrando con una caída que recuerda tanto al mito de Ícaro como al imaginario de Cisne negro.
Más que una simple fan del cine europeo, Rosalía actúa aquí como intérprete y traductora de ese lenguaje. Lo lleva del cine al escenario, del circuito cultural al espectáculo global.
En definitiva, lo interesante no es solo que Rosalía vea cine europeo, sino cómo lo transforma. Su trabajo demuestra que esa “europeidad” ya no vive únicamente en las salas o los festivales: ahora también se performa, se mezcla y se convierte en cultura mainstream.
Y quizá ahí esté la clave: el cine europeo no ha desaparecido ni se ha diluido. Simplemente ha aprendido a hablar otros idiomas.