por Iris Rubio


Ciudad sin sueño (2025), es una película dirigida por Guillermo Galoe. Protagonizada por Tonino (Antonio Fernández Gabarre), que vive con su familia en el asentamiento irregular más grande de toda Europa, la Cañada Real de Madrid. Las obras de demolición se acercan a su vivienda, pero su abuelo, chatarrero, se niega a marcharse bajo ningún concepto.

Galoe ha conseguido poner la cámara donde a duras penas llegan la luz, el agua o las miradas, logrando dar voz a una comunidad que, a pesar de su gran tamaño, sigue siendo invisible (o invisibilizada) en nuestra sociedad. Algo muy importante, teniendo en cuenta que, según el Eurobarómetro, el antigitanismo es la forma de discriminación más extendida en la Unión Europea (65%).

En este sentido, podemos observar que el cine en ocasiones sirve como herramienta para mostrar realidades marginales que no nos paramos a pensar en nuestro día a día pero que, de alguna forma, cuando los tenemos delante, nos incomodan. Nos muestra las carencias de nuestra sociedad encarnadas en personajes que viven esa realidad.

Esta película recuerda en cierta manera al cine quinqui que imperaba en los años ochenta y noventa en España. Ambos muestran problemas reales de una gran parte de la sociedad a los que de otra manera no se les suele prestar atención; como en esta, las películas del cine quinqui utilizaban actores no profesionales, que ponían en pantalla sus propias vidas, por lo que es difícil hablar de interpretación; y por último, destacar los rodajes en exteriores y en las propias casas de los intérpretes, proporcionándoles el mayor realismo posible a las piezas.  

Por otra parte, hemos podido comprobar que este cine social está de nuevo en auge. En la última edición de los Premios Goya, la película Sorda también ha sido muy premiada y excelentemente valorada. Por lo que podemos observar una preocupación latente de las nuevas generaciones de cineastas por mostrar al mundo los problemas a los que se enfrenta la gente corriente y que, en muchas ocasiones, son escondidos. También en el caso del cortometraje De Sucre, de Clàudia Cedó Castillo, que trata sobre la falta de apoyo a las mujeres con síndrome de Down que quieren ser madres. Una realidad menos conocida pero igual de presente en nuestra sociedad. De esta manera, observamos el compromiso social que hay en el sector cinematográfico.

Ciudad sin sueño muestra la vida cotidiana en la Cañada Real de tal manera que en ocasiones dudamos de si lo que estamos viendo es una ficción o un documental, ya que además, el reparto está formado por los habitantes de la Cañada, lo que le confiere aún más realismo.

Se muestra la forma de vida de esta comunidad gitana, acosada por las demoliciones de sus viviendas y el dilema que concierne a los habitantes es ¿es mejor permanecer invisibles en el pasado o aceptar y ser señalados en un futuro impuesto? Distinguimos entre los más mayores, más reacios a cambiar de vida, y las familias jóvenes, que son más proclives a marcharse ante estas medidas. Tonino va viendo marcharse a sus amigos, al tiempo que su abuelo, al que idolatra, acaba vendiendo su galga por una parcela de la que no puedan echarle, lo que profundiza en el sentimiento de soledad y abandono que va creciendo en él. Así, a medida que avanza la película, su posición se contrapone más con la de su abuelo. Cada vez es más reacio a ayudarlo con la chatarra, se siente desligado de él, sobre todo cuando vende a su galga, lo que no tiene ningún sentido para él, teniendo en cuenta las casas de protección oficial a las que se podrían mudar. Pero para el abuelo, por otro lado, esto supondría alejarse de sus raíces y aceptar la imposición a la que les intentan someter.

Los momentos en los que los niños juegan con los filtros de la cámara del móvil resultan especialmente significativos. Al modificar los colores de la realidad y generar contrastes muy bruscos y artificiales, estos no solo introducen un recurso estético llamativo, sino que revelan una necesidad de reinterpretar el entorno en el que viven. Así, lo que podría parecer un juego infantil se convierte en una forma de negociación: los protagonistas no miran directamente su realidad, sino que la transforman para hacerla más habitable, más atractiva y deseable para vivir y jugar. Así, la falta de recursos no solo condiciona sus vidas, sino también su manera de percibirlas, convirtiéndose paradójicamente en una herramienta expresiva que nos permite acceder a la subjetividad de Toni.

Como reza el título, Ciudad sin sueño, en esta ciudad no duerme nadie porque no interesa que tengan sueños. Y esta ausencia de expectativas no es casual, sino el resultado de una marginación estructural perpetuada en el tiempo: estos espacios y quienes los habitan quedan fuera del foco político y mediático, invisibilizados por unos poderes que no encuentran beneficio en atender su situación ni urgencia en transformarla. De este modo, la exclusión no solo se vive en lo cotidiano, sino que también se consolida desde las estructuras de poder, a través de la indiferencia institucional.

Sin embargo, el personaje de Tonino constituye casi una oda a la esperanza de un futuro lleno de colores, representando la lucha contra las imposiciones tanto de la tradición familiar como de la discriminación social. Su mirada, atravesada por esa realidad, introduce una brecha en ese sistema de marginación, sugiriendo que incluso en los márgenes persiste la posibilidad de soñar con otra vida.

Así, es de vital importancia que películas como Ciudad sin sueño tengan cabida y espacio en galas tan mediáticas como los Goya y otros festivales europeos que sirven para darles voz y concienciar a los espectadores. Es una película con un mensaje muy potente tratado con una sensibilidad extrema, poniendo el foco en las relaciones familiares y comunitarias, y en la visión del mundo a través de los ojos (y el móvil) de Tonino pero mostrando en todo momento la problemática de la que son víctimas.