por Carlos Giuseppe Angelastro

¿Alguna vez has sentido que vas a ver al cine a ver una película y en vez de distraerte te sientes tenso y hasta un poco incomodo con lo que estás viendo o que por otro lado te hace reflexionar y generar debates en tu mente? Buena parte del cine europeo lleva décadas haciendo precisamente eso: utilizar la pantalla como herramienta de crítica social. Y pocos directores representan mejor esta idea que Ken Loach.
En I, Daniel Blake, Loach cuenta la historia de un hombre enfermo que intenta acceder a ayudas después de no seguir trabajando. Lo que podría parecer un problema administrativo termina convirtiéndose en una experiencia frustrante y deshumanizante. La película muestra cómo muchas instituciones, creadas supuestamente para ayudar, pueden acabar ignorando a las personas más vulnerables.
Lejos de grandes efectos o escenas espectaculares la fuerza de la película está en su realismo. Los diálogos naturales, los espacios cotidianos y las interpretaciones sencillas hacen que todo se sienta cercano. El espectador no observa la historia desde fuera: la vive junto a los personajes
Además de denunciar problemas sociales, este tipo de cine también funciona como una forma de activismo. Muchas películas europeas generan debates sobre derechos laborales, salud mental, inmigración o pobreza. En este sentido, la película no cumple una función de entretener sino que utiliza el medio como ventana para denunciar una realidad, generar conciencia y dar visibilidad a colectivos marginados.
Esta obra estrenada en 2016 demuestra que el cine sigue teniendo un fuerte compromiso social. Más que ofrecer escapismo muchas de estas películas buscan generar preguntas incómodas. En tiempos donde gran parte del contenido audiovisual se consume rápidamente y se olvida igual de rápido, obras como I, Daniel Blake recuerdan que el cine también puede ser una herramienta para conseguir una conciencia social.
El impacto de este tipo de películas también depende del momento histórico en el que se ven. Aunque I, Daniel Blake se estrenó hace varios años, muchos de los problemas que plantean siguen presentes hoy: empleos inestables, dificultades económicas y personas que sienten que el sistema les da la espalda. Por eso, el cine social europeo sigue siendo relevante, especialmente entre los jóvenes, que viven en un contexto marcado por la incertidumbre laboral y el aumento del coste de vida.
Además plataformas digitales y festivales internacionales han permitido que este cine llegue a públicos más amplios. Películas que antes quedaban limitadas a circuitos pequeños ahora generan conversación en redes sociales, medios culturales y espacios académicos. El cine europeo ya no solo pertenece a las salas independientes; también forma parte de debates actuales sobre salud mental, derechos sociales y desigualdad.
Quizás esa es una de las mayores fortalezas del cine social: la capacidad para contar historias individuales con problemas colectivos. Aunque sea una ficción, muchas situaciones que muestran resultan familiares para el espectador. Y precisamente ahí reside su fuerza: en recordar que detrás de cada estadística o crisis social existen personas reales con experiencias reales.